Bitácora de un viaje infinito
Del vientre al buque: una hermandad persistente
La migración no es un hecho puntual que ocurre el día en que cruzo una frontera; es una condición que habita en mí. Todo comienza con el primer trauma y, al mismo tiempo, el primer acto de valentía: salir del vientre materno. Ese fue el viaje inaugural, una transición inevitable desde la calidez protegida hacia la intemperie del mundo. En ese instante aprendí a respirar por mi cuenta. Desde entonces, mi vida se ha convertido en una sucesión de adaptaciones, pero no fue hasta la adultez, frente a las fronteras reales, cuando comprendí que migrar es, en esencia, un reinicio constante del alma.
Cada vez que cruzo una frontera física, subo a un buque llamado migración. Es una nave vasta y desigual, donde todos viajamos, pero no bajo las mismas condiciones. Algunos habitan camarotes de primera clase; otros resisten a la intemperie en cubierta; muchos sobreviven en la bodega, invisibles, disputando el aire. Y aun así, todos compartimos el mismo casco y navegamos el mismo océano. En ese trayecto, mi lucha se vuelve más densa: me enfrento a la “ilegalidad”, ese sello administrativo que pretende borrar mis competencias, mi historia y mi valor, empujándome a la sombra mientras cargo conmigo la luz de toda una vida de esfuerzo y sueños.
Pero hay una herida más profunda que la hostilidad del puerto de llegada: el silencio del no reconocimiento entre los propios. Contemplo con desconsuelo la amnesia del migrante afortunado: aquellos que, tras alcanzar cierta estabilidad, olvidan que quien hoy llega sin papeles, sin recursos y sin voz, es el reflejo exacto de lo que ellos fueron, o de lo que fueron sus padres. En su afán por encajar en un sistema que los mide y los juzga, levantan muros invisibles contra los suyos, como si negar al otro pudiera protegerlos de su propia fragilidad.
Y sin embargo, más allá de las latitudes que este buque recorra, incluso cuando el puerto se sienta ajeno o inseguro, sigo siendo latinoamericano. El origen no se diluye con el cambio de coordenadas. Soy la suma de mis raíces, de mi acento y de mi capacidad de resistir.
Un propósito: la hermandad como resistencia
Hoy mi propósito es claro: no permitir que la supervivencia ni el éxito me arrebaten la empatía. No quiero convertirme en alguien que, al pisar tierra firme, olvida a quienes aún luchan contra el oleaje. La verdadera valentía no está en haber cruzado la frontera, sino en sostener la mano de quien viene detrás.
La hermandad no es caridad; es memoria y es justicia. Si el sistema nos fragmenta, nuestra única defensa es la cohesión. Nuestra identidad no es un peso del que debamos desprendernos para ser aceptados, sino el ancla que nos impide perdernos en el intento de pertenecer.
Una invitación
Te invito a mirar al otro migrante no como un competidor por un espacio limitado, sino como un compañero de travesía que carga con el mismo cansancio y la misma esperanza. Cuando encuentres a otro latinoamericano lejos de casa, no busques su estatus ni sus papeles: busca en sus ojos el reflejo de tu propia historia.
No permitamos que el silencio del reconocimiento marque el final del viaje. Construyamos, allí donde estemos, puertos seguros. Que la solidaridad sea el faro que ilumine a quienes aún no han podido mostrar todo lo que son. Porque al final, cuando la travesía termine, no será el sello en el pasaporte lo que nos defina, sino la huella que dejamos en quienes, como tú y como yo, nunca han dejado de migrar.

